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DIOS, PADRE DE TODOS

A manera de introducción
 
El papa Juan Pablo I al asumir su corto pontificado presentó a Dios como Padre y madre. Esa inspiración ha estado tomando fuerza y cada vez más está presente en la Iglesia cristiana la idea de un Dios Padre-Madre (πατέρα-μητέρα). Es el Dios que engendra vida[1], el Señor Dios que modela y forma al ser humano y completa su acción insuflando su Espíritu para una vida en plenitud[2].
            Es el mismo Padre creador del universo, del ser humano, hombre-mujer, y que ha dado vida terrenal a su Hijo Jesús, el Señor[3].
            Es la Paternidad universal que es el inicio de la unidad cósmica que se ha constituido la tierra madre de toda la humanidad, con la extraordinaria unidad en la diversidad que distingue cada pueblo y cada cultura.
           
            El evangelista Mateo, de formación rabínica e integrante de comunidades judío-cristianas, hace de la oración del Padre Nuestro una síntesis de la fe hebrea representada en la oración diaria del Sěmá Israel, (escucha Israel y no te olvide que fuiste esclavo en Egipto y el Señor te rescató). Es el escuchar, oír y proclamar la maravilla de la acción del Señor de la vida y rescatador del oprimido, que se expresa en el credo judío proclamado como oración diaria de la mañana, mediodía y tarde. La oración del Padre Nuestro es entonces una síntesis de las Sagradas Escrituras releídas por Jesús y realizada en su vida, muerte y resurrección.
            Vamos a reflexionar el texto evangélico del “Padre Nuestro” en Mt 6,9-13, la oración más presente en la vida cristiana de todos los días y explicada de múltiple maneras a lo largo de la historia del cristianismo pero, casi siempre, presentada en forma piadosa y literal y además con comentarios espiritual-teológicos y no propiamente bíblicos.  Esta oración, a menudo, es una bandera para probar distintas posiciones eclesiales pero muy poco se ha desplegado sus contenidos auténticos que nacen desde el contexto de las Escrituras Sagradas. Parece ser que hay temor de romper los  paradigmas tradicionales de la historia cristiana adoptando una traducción más cercana al sentido del texto original, él que quiso dar el redactor con su profundo arraigo a las enseñanzas bíblicas.
 
 
El Padre Nuestro
 
Breve introducción a la lectura Bíblica
            Nos acercaremos al texto evangélico poniéndonos en sintonía de muchos hermanos/as latinoamericanos/as que encontraron y siguen encontrando, en el método del ver, juzgar y actuar, un camino de dignidad y compromiso cristiano. Y bien sabemos que es una práctica comunitaria que nace de la vida del que cree en la Palabra de Dios y respeta el entorno de la presencia creacional del Creador que nos puede facilitar un proceso de transformación en Jesús y junto a un auténtico acercamiento al Dios vivientes.
            El ver, juzgar y actuar tiene sus orígenes en el mismo ser del hombre al momento de reconoce un ser superior. Es una metodología que se expresa en un amor mezclado al temor que necesitamos para dar buen uso a la libertad que el Señor nos ha dado. La libertad que permite al hombre caminar hacia Él a través de errores y aciertos y a pesar de las injusticias y el dolor.
Podemos recordar la figura de Job, siervo fiel de Dios, que con el cumplimiento de la alianza “logró” los frutos de la ley: heredad y riquezas. Pero, solamente la pobreza total en la cual el Señor permitió que fuera sumergido, le facilitó un camino de fe total hacia el Señor. Dios es un Dios celoso y solo el desprendimiento de los bienes terrenales nos llevará a un camino de totalidad evangélica.
 La realidad de profundas injusticias a lo largo de generaciones sigue golpeando duramente nuestros pueblos. La marginación de muchos latinoamericanos, con particular gravedad para los indígenas y afro-descendientes, deja mal parado al cristianismo que prometió salvación y a cambio trajo sumisión y abandono. La única alternativa creíble para los cristianos de este continente pasa a través del respeto del ser humano con leyes justas para su desarrollo integral y una dignificación de sus orígenes a través de un caminar codo a codo con los excluidos.
            El método ver, juzgar y actuar adoptado primeramente por la JOC de Bélgica, se proyectó con fuerza en toda América Latina después de la Conferencia Episcopal de Medellín del 1968 con una característica propia: el uso de la Biblia como elemento de iluminación y liberación.
 
A. La realidad que nos envuelve (El ver)
            El enfrentamiento político y la insuficiente formación a los valores unidos a desequilibrios familiares y sociales han llevado a Venezuela a sumirse en crisis cíclicas y divisiones marcadas en lo político como en lo social. Solo una acción mancomunada de todos los ciudadanos puede ofrecer esperanzas de una vida más humana y fraterna.
            Con frecuencia la vida cristiana se ejerce desde una vivencia superficial donde la devoción convive con las injusticias y la vida sacramentaria como tradición familiar sin consecuencias sociales significativas. Los momentos fuertes del año litúrgico son con frecuencias costumbres folclóricas con poca incidencia para un convivir fraternos. Parece ser que la práctica religiosa convive con la violencia sin un auténtico seguimiento de Jesús y el ejerció de la paz social. La Buena Noticia o Evangelio de liberación se traduce por la ley del que más puede. Percibimos que la vivencia de los cristianos venezolanos, la gran mayoría de la población, no es capaz de revertir la balanza hacia un mundo de justicia y convivencia solidaria.
Dentro de la gran mayoría de los llamados fieles, milagreros y piadosos, existen grupos que actúan un cristianismo con entereza y profundidad aportando esperanzas pero todavía insuficientes para consolidar un piso duro de honestidad y justicia. A menudo los mismos pastores son parte de los poderes establecidos reduciendo así su credibilidad y mermando la capacidad de mover a una iglesia más comprometida y transformadora con compromisos sociales en la actual situación crisis en que estamos sumergidos.
Los buenos cristianos han multiplicados sus oraciones pensando que solo Dios será capaz de aportar soluciones a esta calamidad sin fin, pero sin una renovación cabal de la fe y una acción solidaria certera de gran utilidad para acompañar la providencia divina hacia los más desdichados y manifestar así el Dios de Jesús y su paternidad universal, el “Padre Nuestro”, el Padre de todo y no solamente un egoísta Padre mío.
            Creemos que la Palabra de Dios es la fuente de luz y puede llegar a ser espejo de nuestro hacer, ser la Palabra que nos lee y destraba la fuerza de liberación, la sola que puede acelerar una nueva creación, producir esperanza, ser otros Cristo vivo entre hermanos hijos de un mismo Padre Dios, capaces de enaltecer y dignificar el ser humano para así lograr un renovado camino de la liberación en su plenitud.
 
B. La Palabra de Dios que nos juzga
1. El “Padre Nuestro” en el Evangelio de Mateo 6.9-13
La oración del “Padre Nuestro”, según el evangelista Mateo, fue escrita a similitud y síntesis del semá Israel (Dt 6,4ss) una forma para recordar la obra creadora de Dios y redentora de Jesús. Es, por excelencia, la oración contemplativa del pueblo de Israel y Mateo se reconecta a ella a través de la fuente de piedad y sabiduría que contiene el libro de los salmos.
 El marco de la oración son las comunidades judeo-cristianas que trataban de vivir la vida de Jesús a través de fe hebrea. Toda la historia de Israel estaba presente en los cristianos de origen judío. Ellos, en los años anteriores a la destrucción de Jerusalén y el Templo, solían unirse a los judíos piadosos para rezar, estudiar las Escrituras y cumplir con la ley. Eso sucedía en el mismo lugar de culto, que era el gran Templo de Herodes como en las sinagogas esparcidas en todo el territorio de Israel y de la diáspora. Después que los romanos arrasaron el Templo en el 70 d.C. los cristianos se dispersaron y formaron sus propias comunidades donde unían su fe judía con el seguimiento de Jesús.
            La lectura de la Torah y la vivencia de 613 preceptos de la fe hebrea se completaban con los recuerdos de la vida de Jesús, con especial énfasis a su muerte y resurrección: el kerigma fundacional. La gran preocupación, de las comunidades judío-cristianas, consistía en facilitar la continuidad de su herencia hebrea, aun considerándose miembros auténticos del nuevo pueblo de Israel ahora representado en los seguidores de Cristo.
Fueron comunidades que celebraban la muerte y resurrección de Jesús, acompañando sus reuniones con el canto de los salmos y haciendo memoria de los grandes acontecimientos de la historia de su pueblo, con particular atención a los profetas y a los sabios. La memoria, de las enseñanzas de Cristo, era recordada con la visión de la cultura religiosa judía y completada por la tradición oral y escrita de la Torah y de sus tradiciones.
Las comunidades judío-cristianas se esmeraban de reinterpretar la Torah considerando las enseñanzas y la vida de Cristo, como era costumbre hacer en el pueblo hebreo. Así tenemos un Jesús que reencarna la historia de Israel, descendiente de David, nacido en Belén, adorado por reyes por ser rey, perseguido y huésped en Egipto como lo fueron los patriarcas. Jesús es el nuevo rey para un reino de justicia y de paz.
Podemos entonces afirmar que la oración del “Padre Nuestro”, atribuida a Jesús, no podía ser que la síntesis mas extraordinaria de la fe judía. Al menos así se fueron formando las tradiciones orales de las comunidades de galilea y Siria recogidas por el evangelista Mateo.
 
Veámoslas representadas en el texto de Mateo del capítulo 6 en los versos 9 al 13 y los versos 14 y 15 como un texto inclusivo.
Siendo el “Padre Nuestro” un texto muy conocido por ustedes pueden percatarse de las diferencias entre la traducción que les propongo y el texto que rezamos todos los días. Más adelante explicaremos las distintas traducciones.
El texto de Mateo de la oración del “Padre Nuestro” está enmarcado con un antes y un después: un antes que presenta escritos que sirven de introducción y un después  unos textos que corroboran y consolida la oración.
En el antes: Jesús después de escoger a sus seguidores demostró su poder y, a continuación los llevó en una montaña para entregar la nueva ley de las bienaventuranzas, de la misma manera que Yahveh hizo con Moisés (cfr. capítulo 5, 1-12). A continuación de las bienaventuranzas Mateo presenta tres temas: ser sal de la tierra, ser Dios vivo, recuperar la justicia primordial (cfr. 5,13-48). Completa la preparación al “Padre Nuestro” las lecturas de la limosna y la oración en secreto (cfr. 6,1-5). Finalmente tenemos unas palabras que introduce la oración donde Jesús afirma que no son necesarias muchas palabrerías porque vuestro Padre ya conoce cada una de vuestras necesidades.
El después: Después del texto del “Padre Nuestro” Mateo presenta el tercer elemento del judío piadoso: el ayuno (cfr. 6,16-18). Y Jesús subraya que el verdadero ayuno se hace en secreto como aconsejó hacer de la oración y la limosna. A la propuesta de un ayuno en secreto le sigue una serie de enseñanzas sacadas de las tradiciones hebreas hasta el final del capítulo seis y por todo el capítulo siete.
Entonces la oración del “Padre Nuestro” está enclavada dentro de las enseñanzas de la Torah o Ley judía, por ser una oración de raíces de la fe judía.
Ahora observen las dos traducciones; la primera versión es la que rezamos en la Eucaristía la segunda una traducción propia.     
El Padre nuestro que rezamos en la Misa
6,9 Por eso oren así:
“Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”.
Traducción propia del Padrenuestro
6,9 Por eso oren así:
“Padre nuestro de los cielos, tu nombre siempre ha sido bendecido, 10  tu reino se ha revelado, tu voluntad se ha manifestado en el cielo y en la tierra, 11nos da el pan nuestro necesario para el día de hoy 12 y nuestras deudas has perdonado como nosotros hemos perdonados a nuestros deudores, 13 y no permite que caigamos en la provocación y nos rescata del mal, AMEN”.
Los versos 14 y 15 que están a continuación es un texto inclusivo, o sea, que no podemos excluir. Es la conclusión lógica de la oración del Padre nuestro que tiene que llevar al perdón total y universal que reclama el amor a Dios y que es la demostración más genuina de la fe cristiana. Así lo traducimos:
 
14 Ciertamente, si perdonan a los hombres sus obras malas les perdonará el Padre vuestro del cielo, 15 pero si no perdonan a los hombres tampoco el Padre vuestro les perdonará vuestras malas obras.
Comentario a la “novedosa” traducción
La nueva versión es distinta pero está entre las posibles traducciones del texto griego, más cercana al original griego, sobre todo, dentro del paradigma de la cultura y creencias del pueblo hebreo.
Según el evangelista Mateo Jesús nos estimula a orar de la manera tradicional judía, o sea, reconocer las maravillas que Señor hizo con su pueblo durante toda su historia, que renovó en Cristo Jesús y, lógicamente, seguirá actuando en la historia de los hombres porque Dios es fiel, a pesar de nuestras infidelidades como lo afirma la Escritura en Ex 34,6-7ª: “Entonces pasó Yahveh delante de él y exclamó: "¡Yahveh, Yahveh! Dios compasivo y misericordioso, tardo a la ira y rico en amor y fidelidad; que guarda su benevolencia por mil generaciones”.  Y la oración concluye con una declaración solemne, el amén que significa creo, un creo que corresponde a una actitud de vida, de vivencia. Es el mismo creo (amén) que dijo Abraham a las promesas del Señor en Gn 15,6: “Creyó Abrán a Yahveh, y Yahveh se lo tomó en cuenta como justicia”.
 
9-10  Se inicia la oración alabando al Dios de los cielos, que viene de los cielos, que baja hasta nosotros y no, que está en los cielos como rezamos nosotros. Los verbos, bendecir, revelar, suceder, están en pasado (en aoristo) y no al presente como se traduce normalmente. No hay que orar porque esto suceda porque ya ha sucedido, sigue sucediendo y seguirá sucediendo. Lo que tenemos que hacer es creer en la acción continua de Dios para hacer parte, para movernos hacia esa realidad de la providencia divina. Dios no necesita nuestras peticiones. Si aconteció su voluntad en el cielo no puede dejar de suceder en la tierra. No es adecuado expresarnos en la manera como lo hacemos a la manera que siempre rezamos: hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
11 Así mismo si siempre has entregado el pan de cada día (verbo al pasado aoristo) no puede no hacerlo ahora. En todos los textos bíblicos se destaca la acción paternal de Dios, una acción de exigencia por ser Dios Padre de todos.
12  El Señor nos perdonó y así seguirá perdonando, pero esto no lo hace en contra de nuestro querer. El deseo es expresado a través de nuestra determinación de conceder el perdón a los que nos causaron males y sufrimientos. Un perdón que es la expresión de nuestra fe en el amor de Dios Padre.
13  El Señor nos da la libertad de escoger pero, si nuestra voluntad está unida a la de Él no permitirá que el mal nos envuelva y nos esclavice. La sabiduría hebrea nos dice que Dios no puede impedir el mal con el propósito de rescatar a los seres humanos en situaciones de injusticia y dolores, sino nos fortalece para que consigamos evitar y vencer al mal. Lo cierto es que Dios nunca puede limitar la libertad del humano pero siempre está presente para salvar a quienes se pone en camino hacia Él, de manera que la voluntad del hombre no sea rebasada por la voluntad del mal.
El amén final, que está en el Código Sinaítico del IV siglo de influencia hebrea, sella la oración con la fórmula de juramento sagrada, el AMEN. El amén es la aceptación total de la acción creadora y salvadora del Dios de la vida. Es la adhesión a la verdad más sagrada que es la presencia amorosa de Dios entre nosotros. Es la aceptación de la voluntad original de Dios que nos llamó a ser co-creadores con Él y, a su semejanza, imitadores del amor trinitario de Dios. El amén supremo se ha dado en Cristo alzado en la cruz para unir el cielo y la tierra y rescatarnos de la muerte.
Los versículos 14 y 15 que están a continuación rezan: 14 Ciertamente, si perdonan a los hombres sus obras malas les perdonará el Padre vuestro del cielo, 15 pero si no perdonan a los hombres tampoco el Padre vuestro les perdonará vuestras malas obras.
Aquí se expresan las exigencias y consecuencias de la proclamación del “Padre Nuestro” y se invierte la oración. Y nos recuerda que el perdón de Dios se da desde siempre y que ahora está en la espera de nuestra acción de misericordia para que sea efectiva la acción de Dios. Somos nosotros mismos que condicionamos o permitimos la acción sanadora de Dios.
En el Padre nuestro testificamos que la condición indispensable para ser hijos de Dios es el perdón a los demás. Todo perdón de Dios es una nueva creación, y quién es perdonado por Dios es hombre nuevo, nuevo ser. Así el actuar como hijos de Dios es asumir la  misma tarea original del Señor, ser creadores con Él y restablecer el orden primordial. Podemos decir que el perdón nos hace omnipotente por estar en sintonía con el Señor. Es una acción del amor y del poder de Dios que demanda volvernos misericordioso con el Señor. Si no se concede el perdón caemos en la desintegración y regresamos como sujetos de destrucción de lo creado.
El Padre nuestro es semejante a la confesión de fe de los israelitas, es el reconocimiento de la acción de Dios entre nosotros. Es el entrar en el plan de Dios y ser parte de su proyecto. Dios no necesita nuestras peticiones sino la entrega de nuestro ser.
 
 
2. El “Padre” en el mundo hebreo  
           
La historia cristiana, particularmente las enseñanzas de los padres de la Iglesia, afirman que no se puede conocer el Segundo (Nuevo) Testamento si no se conoce el Primero (Antiguo) Testamento. Propongo que hagamos un recorrido a retroceso hasta llegar a la “paternidad humano-divina” de Abrahán querida por el Señor y al finalmente explicar los inicios creacionales que están marcados por la acción creadora universal de un mismo Padre.
            Así terminan los libros del último profeta del Antiguo Testamento: “Reconciliará a los padres con los hijos (~ynIëB'-tAba') y a los hijos con sus padres, no sea que yo venga y entregue la tierra al anatema” (Mal 3,24).
            Sin la reconciliación de los padres con los hijos y de los hijos con los padres y los padres y los hijos entre sí no puede haber futuro para el hombre. La paternidad y la fraternidad es una necesidad para la existencia de la humanidad. La exigencia máxima del amor creacional se extiende a toda la creación y sin ella no hay semilla de vida.
El amor al próximo llevado a su máximo requerimiento por Jesús, en el perdón al enemigo, se lleva a cabo a través de las exigencias de prioridad y de vecindad.
            La muerte por hambre o enfermedad de nuestros hermanos de África tiene la prioridad sobre la escasez de los venezolanos pero en las mismas condiciones la prioridad es nuestra familia y nuestros vecinos.
            La prioridad en el contexto de la creación prioriza el ser humano pero se extiende progresivamente a toda la creación. El amor universal y el respeto a todo lo creado es de necesidad  para participar en el plan primordial de la creación establecido por Dios.
            Podemos entonces afirmar, con toda seguridad, que la paz y la justicia se inician y se consolidan en el plan de vida trinitaria de Dios y demandan el perdón sin condiciones entre los humanos.
 
Un texto citado arriba, del profeta Malaquías, nos habla de la obligatoriedad de la reconciliación para la sobrevivencia humana pero el siguiente texto, del mismo profeta Malaquías, traza el camino a recorrer presentándonos un Dios Padre de todos y la exigencia de la fidelidad a Él y a su proyecto:
 
  • < >
     
     Ustedes molestan al Señor con palabras y se preguntan: "¿En qué le molestamos?". En que piensan: "Todos los que hacen el mal son buenos a los ojos del Señor, y en éstos se complace"; o cuando dicen: "¿Dónde está el Dios de la justicia?" (Mal 2,10-17).
     
    Resalimos ahora al IV siglo a.C. donde el profeta Isaías con su visión reveladora transforma la paternidad humana en paternidad universal y espiritual mostrando al Señor como Padre y redentor (rescatador) de todos:
  • < >Porque tú eres nuestro padre; Abrahán no sabe de nosotros, ni Israel nos reconoce. Tú, Yahveh, eres nuestro padre; tu nombre desde siempre "Nuestro redentor" (Isa 63,16).
    “Pero ahora, Señor, tú eres nuestro padre. Nosotros somos la arcilla y tú el alfarero, obra de tus manos todos nosotros” (Isa 64,7).
     
    En los dos textos anteriores, muy cercanos al Nuevo Testamento, la palabra hebrea dice textualmente “Padre nuestro” pero en un sentido inclusivo y sin límites, o sea, Padre de todos. En cambio, en los textos bíblicos más antiguos, la misma palabra padre es reductiva indicando a sus propios hijos/as como descendencia humana (según la carne). Descendencia que leemos en los textos que citan a Jacob, llamado posteriormente Israel por mismo Dios, o sea, hijos naturales de Jacob y de los precedentes padres originarios de los hebreos.
    En cambio en los escritos más recientes el profeta Isaías, llamado tercer Isaías, ya no reconoce a los descendientes de Israel como pueblo de Dios sino a pueblos de múltiples razas y descendencias, a todos los humanos.
     
    Veamos dos ejemplos de paternidad directa (padre-hijo) donde el texto hebreo cita el “padre nuestro” o abinú en hebreo:
  • “pero la esposa de Galaad también le había dado varios hijos, que, al hacerse mayores, echaron de casa a Jefté, diciéndole: "No podrás heredar en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer" (Jue 11,2).
  • < >Respondieron ellos: "Tus siervos eran doce hermanos. Todos nosotros somos hijos de un mismo padre en la tierra de Canaán. El pequeño se halla hoy con nuestro padre, y el otro ya no existe" (Gen 42,13).
    “Él replicó: "Por favor, señor mío. Pero ¿con qué voy yo a salvar a Israel? Mi familia es la más mísera de Manasés, y yo soy el más pequeño en la casa de mi padre" (Jueces 6,15).
  • “y tomando de nuevo la palabra, dirás ante Yahveh, tu Dios: "Mi padre fue un arameo errante que bajó a Egipto, donde se estableció con unas pocas personas; pero allí se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa” (Deuteronomio 26,5).
  • < > (Génesis 50,5).

    < >(Génesis 50,5).

    “Habló Isaac a su padre, diciendo: "Padre mío". Él le contestó: "Dime, hijo mío". Y él dijo: "Llevamos el fuego y la leña. Pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?" (Génesis 22,7).
     
    La figura de Abraham como paradigma de Dios padre de todos
     
    Consideramos ahora el nombre de Abrahán o Abrán en su origen, donde las primeras dos letras AB (אב) comprenden un reconocido simbolismo de una paternidad a semejanza de Dios Padre. Allí, la alef, primera letra hebrea indica el mismo Dios origen de todo y, la segunda letra es la misma del inicio de la Biblia en la palabra beresit (en el principio), que indica la creación, la casa del ser humano. La tercera letra (la res) que tomó forma de la cabeza del toro, muestra el camino con fuerza hacia adelante y el inicio del año que nos orienta al futuro que tenemos que recorrer. La cuarta y última letra del nombre Abrán termina con una mem o eme (Abram) y no una ene (Abrán) como se escribe en español. Una mem que indica sabiduría que es símbolo de las nuevas vidas cobijadas en el útero materno. Podemos deducir que el nombre original de Abrán indicaba la paternidad humana, el camino de creación del ser hombre/mujer.
     
                Así lo expresan los siguientes textos bíblicos con un total de 50 veces que aparecen el nombre original Abrán en el texto hebreo, con todo su espesor simbólico del número cincuenta. Los 50 años de vida del hombre simboliza la plenitud humana y también la entrega de la Ley que se da en el curso de los cincuenta días que van desde la fiesta de Pascua hasta Pentecostés o fiesta de la siega. A ejemplo cito unos versículos con el nombre Abrán, expresión de su existencia como ser humano:
  • “Tenía Téraj setenta años, y engendró a Abrán, a Najor y a Harán” (Gen 11,26).
    Dijo Yahveh a Abrán: "Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te indicaré” (Gn 12,1).  
  • < >Agar dio a luz un hijo a Abrán, y éste llamó Ismael al hijo que le había dado Agar” (16,15).
    “No se te llamará más Abrán. Tu nombre será Abrahán, porque te he constituido padre de una multitud de pueblos” (Génesis 17,5).
     
     
    El texto siguiente demuestra en forma extraordinaria la fe y el respeto de Abram hacia Dios y la interrelación cercana y entrañable del Señor con Abram tan intenso que lo declara Padre de multitudes y realiza con él un pacto eterno. Con el nuevo nombre de Abraham (אברהם) es considerado, no solamente, padre de la humanidad también padre del ser humano superior en camino hacia su creador. Efectivamente la letra añadida, (una hei) al nombre Abr(ha)an indica una creación llena de sabiduría espiritual, espíritu del Señor, y no simplemente referente a los conocimientos terrenales.
     
    Con el nuevo nombre, el amigo de Dios que es Abram, ha adquirido no solamente la universalidad de lo creado sino la dimensión del tiempo indefinido que es la dimensión de Dios mismo, del Abraham Hijo de Dios.
  • < > cayó rostro en tierra, y Dios le habló, diciéndole: "Por lo que a mí toca, éste es mi pacto contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. No se te llamará más Abrán. Tu nombre será Abrahán, porque te he constituido padre de una multitud de pueblos. Te haré fructificar en gran manera; de ti haré naciones, y de ti saldrán reyes. Estableceré mi alianza contigo, y con tu posteridad después de ti, de generación en generación: una alianza perpetua, para ser yo tu Dios, y el de tu descendencia después de ti” (Gen 17,3-7).

    < >אבר ם  שית ברא ) donde el cambio de una simple letra hebrea nace el nombre de Abraham, sustituyendo la fuerza generadora de la creación a la adquisición de la sabiduría humana, la sola  capaz de dar continuidad a toda la creación. Es la creación puesta en las manos de los hombres.

     
     
    La paternidad de Dios escondida en el inicio del Génesis
     
                El inicio del libro del Génesis es la conclusión del pensar primero de Dios que corresponde a la letra alef, primera del alfabeto hebreo, que resume un principio de vida representado a la letra samej que encabeza el texto hebreo del Génesis y representa la fuerza que dinamiza la creación, señala el arco abierto y extendido hacia el infinito. En la alef está presente toda la vida, como aspiración vital, dando inicio a la creación cósmica y que, en la cuenta gemátrica de la letra hebrea, representa la totalidad de las veces que se escribe, en forma absoluta, el nombre del Señor o Yahveh en el texto bíblico.
    La letra samej es semejante al aspirar de Dios para transmitir la vida creadora que precede la segunda letra del alfabeto pero la primera de la palabra inicial del Génesis, el beresit, y representa a toda la creación o la casa del hombre, el hábitat humano. Esa dos letras  conforma la palabra AB (אב) que en hebreo significa Padre y que se conserva hasta al nuestro idioma para indicar el abad¸ padre y autoridad máxima de las comunidades religiosas antiguas como son los benedictinos. Allí conservan el significado original de una paternidad superior semejante a la de Dios y que fue a tribuida a Ab-raham al momento de asumir una paternidad total con su dimensión superior.
                La primera vez que aparece la palabra AB, padre es el siguiente versículo: “Por eso, deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y vienen a ser los dos una sola carne” (Gn 2,24). 
                Podemos rehacernos al inicio de este escrito donde se recuerda la cita del papa Juan Pablo I que propone a Dios como padre y madre (πατέρα-μητέρα) como una unidad indivisible, la única capaz de engendrar un amor exclusivo, humano y, al mismo tiempo, generador de nuevas vidas.
                Esa paternidad tiene sentido solamente en su universalidad. Paternidad nacida de las manos creadoras de Dios a semejanza de la vida divina. Es la misma fuente que da vida y hermandad. Todos somos hermanos y solamente en la hermandad hay futuro, una esperanza cierta de crecimiento y vida.
     
    C. La comunidad de vida que nos reclama (el actuar)
               
    Las tres dimensiones representadas en un el triángulo, en cuyo centro está el Dios con nosotros, nos muestra la lectura comunitaria y popular de la Biblia en América Latina que se completa con el actuar. A menudo tenemos una imagen desfigurada, estancada de nuestra realidad nacional y local. Nos hemos acercado a la Palabra de Dios escrita para que nos iluminara y limpiara la imagen auténtica de Dios y descubrir la verdad que nos ilumina.
    Se trata ahora de rectificar nuestras formas de vivir para que se armonice con la justicia y la construcción del Reino de Dios. Ese reino ya está presente entre nosotros pero nos cuesta manifestarlo y desplegarlo debido a nuestra pobreza espiritual y egoísmos endémicos.
                Nuestras comunidades, en su diario vivir, tienen que hacerse propuesta de fraternidad y asumir ser imagen auténtica de Dios para llevar luz y justicia. Tenemos que ser Cristo vivo y modelos de misericordia llena de amor. El seguimiento fiel a Jesús es la única alternativa para la vida cristiana.
    Tenemos que mostrar la cara paterna de Dios para ser creíble. Tenemos que multiplicar el pan integral, el Pan de Dios.  A cada comunidad nos toca proponer el milagro de las multiplicaciones de los panes poniendo a disposición todos los dones que el Señor nos ha dado. La luz de la Palabra de Dios no puede estar escondida, tiene que colocarse en lo alto para que todos la vean. Tenemos que ser nube negra que oscurezca el mal y nubes de fuego que ilumine el camino del pueblo de Dios[4]. No podemos traicionar el amor que Jesús nos ha donado. Nuestro ser tiene que volverse comestible para los necesitados: ser pan de Dios.
     
    Conclusión
     
    “Miré y apareció el Cordero, de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que tenían su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente” (Rev 14:1). Ese número es también simbólico e representa a las doce tribus de Israel, los circuncisos o salvados por la ley, y los doce enviados (apóstoles) los incircunciso salvado por la fe en Jesús que multiplicados entre si da el número simbólico de 144 mil salvados. Jesús nos hermanó a todos ofreciéndose como cordero inmolado al Padre, restableciendo así la justicia primordial.
                Es importante constituir comunidades de la Palabra, grupos de lectura bíblica o encuentro comunitario de la Palabra y transformarlas en celebraciones de hermandad. Una celebración es signo de un encuentro y de un compartir. Se comparte la vida, se comparte la Palabra, se comparte el compromiso.
    Una comunidad donde se comparta la Palabra se transforma en una comunidad de fe donde todos y cada uno posee la presencia viva del Espíritu, consciente de su autoridad para participar con la vida y con todos los dones adquiridos con los años de la vivencia de una vivencia hermanada.
                Para que la celebración sea expresión de la hermandad universal, se necesita que sea acompañada por la alegría del compartir, esa alegría que llena nuestro corazón y nos transforman en seres de gracia y de energía creadora para ser fermento en una sociedad sostenida por esperanza firme de vida para todos.
               
    Bernardo Favaretto
 

[1] Gn 1,1ss.
[2] Gn 2,7.
[3] Jn 1,1ss.
[4] Cfr. Éxodo 13,21.
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